miércoles, 2 de diciembre de 2020

 Se levantó de la banqueta frente al bar donde estaba sentado,

tiró una silla al piso y se acercó a 20 centímetros de mi cara

y me dijo

"Vos podés salir de este portón, y del otro lado yo tengo una persona con una ametralladora que te puede matar y nadie se entera. Y a mí acá no me pasa nada"

Lo dijo Sir Theophilus Constantinou después de que me levanté indignada porque intentó darme de comer en la boca en una cena formal con inversores australianos en Papúa Nueva Guinea. 

Yo a este señor lo conocía poco y nada. Por negocios me había invitado a esta comida en el comedor VIP de su hotel de 5 estrellas en Port Moresby, al que no entraban sino quienes allegados cercanos a los gobernantes y poderosos de este exótico país melanesio. Me puse mi vestido amarillo, ése que me había comprado exactamente para comidas formales con gente importante, llamé al chofer asignado de la empresa de seguridad que se encargaba de llevarme y traerme (no hay otra manera de viajar en Papúa si sos blanca) y entré en el "cigar bar", un espacio de madera con una barra antigua, que era como un hall de entrada al comedor. A ninguno de estos lugares entrabas sin la invitación de Sir Theo, y al entrar en el salón me di cuenta que yo no era una invitada, yo era la atracción. Era la única mujer, y me sentó en la cabecera de la mesa, al lado suyo.

Tan estúpida me sentí, tan idiota, traicionada por la creencia de ser una más del círculo cuando en realidad en los ojos de los otros yo no era más que la nueva niña bonita que vino en un barco. Me empezó a recorrer un frío en la columna cuando empecé a imaginarme qué pensaba este señor, lo que estaba tratando de demostrar al tener en su mesa a una chica con mi inocencia. Me repugnaba tener la certeza de que él, solamente con su presencia, solamente con el hecho de haberme invitado como parte de lo que sea que sus negocios fueran, ya se estaba llevando parte de esa inocencia por la que me valoraba. Ya no podría yo volver a confiar en una invitación a una comida de negocios, a un "cigar bar", a todo eso que las películas me dijeron que estaba bien pero que no me contaron la segunda trama que se desenvolvía.

Este señor actuó, durante la comida, como si me hubiese comprado. Con toda mi educación y paciencia esquivé todos sus roces, su insolencia, sus intentos de acomodarme el pelo o de tocar mi pierna. Pero cuando, en medio de la comida, puso una porción de pescado en su tenedor y lo quiso llevar a mi boca, me levanté y lo miré con fuego en mis ojos, con un fuego tan intenso que hizo que todos los hombres de negocios que estaban ahí se callaran a observar. Me quedé mirándolo fijo, parada. En esos momentos, mientras mis ojos no salían de su enojo, me di cuenta que mi chofer se había ido a comer y no volvería hasta las 22:30, así que decidí sentarme y terminar con esta comida oscura.

Entre el plato principal y el postre hubo un momento de distención, de cigarrillo o whisky en la barra del cigar bar. Los hombres de negocios que habían estado en la pregunta me preguntaron, preocupados, si estaba bien. Si este hombre me estaba haciendo algo. Inocentes ellos! Este hombre era dueño de la mitad del patrimonio del país! Sea lo que fuere que pasaba, ellos no tenían ningún tipo de poder. Estaban en la tierra de él. Él jugaba de local. 

Por suerte no pasaba nada más que la humillación y el miedo. Y la eventual amenaza de muerte por haberle hecho quedar como un boludo enfrente de los inversores australianos, que por suerte no cumplió. Algo sí murió dentro mío, pero mi cuerpo aun respira y todo lo demás sana.