lunes, 17 de febrero de 2014

Malasia es un de aquellos países con varias caras.




En mi camino al Aeropuerto, destino a Jakarta, me tomé el tiempo de mirar por la ventana del tren, inspirada por la descripción de una mirada de un juez a un señor muy alto en Singapur en el cuento de William Maughman “The letter”

El primer cículo de salida de la ciudad muestra varias ileras de casas pequeñas, con muchas puertas, donde, conociendo a la sociedad Malaya, sé que en casa puerta se esconde la microfamilia de la gran familia que poseen cada una de esas casas. Justo detrás, se ve el mismo orden de puertas pero en edificios altos y despintados, sucios, de unos 50 años. Edificios que fueron construidos para los obreros y constructores de lo que hoy es KLCC, el magnánimo centro de la ciudad y sus torres Petronas y su KLTower.

Por la inocente ventana del tren se ven todas las creencias que adjunta este país, practicadas libremente, aunque el Musulmán sea la predominante, traída por mercaderes orientales hace poco tiempo pero adoptada con la fervosidad que convirtió  a Malasia en una de las capitales Musulmanas del mundo.

Palmeras y árboles inundan cada uno de los paisajes. Pobres, ricos, medios, estudiantes o visitantes.. todos se rodean de verde y con el verde de monos… de ellos que viven entre la gente y entrenados por la evolución de su inteligencia a tomar maní  suavemente de la mano de uno y mirarle con cara agradecida, esperando la próxima ración. No se los ve mucho dentro de la ciudad, pero apenas uno sale puede sacar su bolsa de peanuts y hacer feliz a uno o dos pequeños primates.

La diferencia estética más grande se da entre los templos musulmanes y los hindúes.

Los templos musulmanes muestran orgullosos unas cúpulas majestuosas, pintadas de siméticas formas pero conservando cierta cordura en el uso de colores y contrastes. En los templos musulmanes uno no puede entrar vestido así como así, sino que debe ponerse un hijab y un vestido largo, pantalones largos para los hombres. Y todos descalzos, por supuesto.

Estar descalzo es la única similitud de los templos musulmanes con los templos hindúes. Como típica Argentina la primera vez tuve miedo por la seguridad de mis zapatos, pero después uno se da cuenta que la gente de templo no es ese tipo de gente sino quienes viven en nuestra cabeza es a quienes les tememos. Malditos estereotipos.

Los templos hindúes buscan el kitsch. No hay nada más lindo que un templo hindú. Para empezar no dejan ningún color sin ser honorado, si bien el verde agua es uno de sus preferidos. Los hindúes creen que el bien está en la abundancia, que bajo la promesa y actividad de ser un buen ser humano uno puede asemejarse a los lords o dioses hindúes, que no sólo cargan con el peso de millones de alhajas de oro, plata y cobre en forma de anillos de mano y pie, collares, pulseras, tobilleras, vinchas de oro para el pelo, piercings en la nariz, en el ombligo, todo brillante, todo extremo; sino que también son adornados día a día con ofrendas de collares de flores frescas, agua de jazmín, incienso y frutas varias, para que no cese la abundancia, para honrar al dios o lord que debe tener y mostrar que el bien da frutos. Tan distinto a la educación cristiana, que en el libro ofrece una vida austera y humilde, con un grial de madera, con una túnica blanca, con la riqueza en la pobreza. Repito: en el libro.

Esas son algunas impresiones desde una ventana  de tren. Yo como silenciosa espectadora, con prejuicios traídos de otro lado, con imaginación  y admiración.

Malasia mía.

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