"Yo te puedo mandar a matar y mañana nadie se entera" fue lo que me dijo ese mafioso ésa noche en la que me planté por mí misma enfrente de él y los nosequiénes que estaban en la sala.
Lo tomé con rabia. No me dio miedo, no me podía tocar, pero me dio rabia y disgusto. Y siempre lo pensé como un momento fuerte que había pasado en mi vida y nada más.
Ana dice que ése señor, esa noche, me salvó. Y al cabo de algunos días le terminé dando la razón.
Yo no volví con ataques de pánico por lo que le había pasado a Shira la noche que la secuestraron.
Yo volví con ataques de pánico por lo que pasó esa noche en la que Sir Theo me dijo que me podía matar y que nadie se iba a enterar.
Porque Sir Theo tenía razón.
Yo volví con ataques de pánico por lo que pasó esa noche en la que Sir Theo me dijo que me podía matar y que nadie se iba a enterar.
Porque Sir Theo tenía razón.
Al alienarme del mundo, al escaparme de lo que era mi vida, al alejarme al lugar más recóndito del planeta como era Papúa Nueva Guinea, estaba buscando justamente eso: que nadie sepa nada de mí. Desaparecer. Desaparecer con la ilusión de que alguien lo notara. Y al lograrlo, me di cuenta de lo que me quedaba: la nada.
Yo me podía morir y a-nadie-le-iba-a-cambiar-nada. Me iban a extrañar, sí; me iban a llorar. Pero todos seguirían con su vida normalmente. Nadie dependía de mí. Nadie aprendía de mí. No era una pieza fundamental en la vida de ninguna otra persona que respirara en este planeta. Y no hablo del Ego, de "ser importante" por el hecho de serlo.
Hablo del más natural deseo de cualquier persona en este mundo, que es la trascendencia.
Ésa noche ese señor me expuso al más grande de mis miedos: la soledad extrema. Nadie sabía dónde estaba yo, ni que hacía, ni que había señores que me amenazaban de muerte por no ser una puta. Y fue eso lo que desencadenó en una etapa que, aunque dolió como una herida eternamente infectada, me hizo eventualmente tomar la decisión de volver a casa.
Nada de lo que viví fue en vano. Todo esto tiene que ser un puente para empezar a comprender el mundo un poco más. Para ver que lo importante no es lo grande, ni exótico, ni nada de eso; lo importante es el intercambio de energías, dar y recibir, amar y ser amado. Lo importante es lo que siempre estuvo ahí, no las cosas que se van a buscar en un afán desesperado por darle sentido a la vida.
Lo importante es el amor.
Porque morir sola, sin que nadie se entere en Papúa Nueva Guinea, es todo lo contrario a lo que hubiera deseado en mi vida.
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